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Revista digital IES La Flota


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Antonio Machado en el 75º aniversario de su muerte

El 22 de febrero de 1939 fallecía el poeta Antonio Machado en Collioure

Tras un largo viaje, Antonio Machado llegó a Colliure (Francia) en enero de 1939,  donde murió el día 22 de febrero en el Hotel Bougnol-Quintana. En el bolsillo de su abrigo se encontró un papel garabateado a lápiz con la frase de Hamlet “ser o no ser”, un último verso original: “Estos días azules y este sol de la infancia” y,  finalmente,  una de sus canciones a Guiomar.

“Adiós, madre” fueron sus dos últimas palabras. Tras pronunciarlas entró en coma y falleció a las tres y media de la tarde del 22 de febrero de 1939. Su madre, que agonizaba en la misma habitación, fallecía tres días después.

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Han pasado 75 años, pero su legado sigue vivo. Antonio Machado es nuestro poeta nacional, del que más versos se leen y se cantan. Es un claro referente moral, dado su ejemplo cívico y su decidida apuesta por la educación y por la ciencia. Pidió cultura y trabajo. Y nos dijo: “aprended a distinguir los valores falsos de los verdaderos y el mérito real de las personas bajo toda suerte de disfraces”.

Su obra cuenta con títulos emblemáticos como los siguientes:

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Uno de sus poemas más célebres

Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
?ya conocéis mi torpe aliño indumentario?,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
?quien habla solo espera hablar a Dios un día?;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Algunas de sus frases memorables

Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: el despertar.

Los que están siempre de vuelta de todo son los que no han ido nunca a ninguna parte.

Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre de labios de una mujer.

La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido.

Cuando nos vimos por primera vez, no hicimos sino recordarnos. Aunque te parezca absurdo, yo he llorado cuando tuve conciencia de mi amor hacia ti, por no haberte querido toda la vida.

El ojo que tú ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque él te ve.

Versiones musicales que se han hecho de su poesía

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Ámbar, capítulo I

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María Jesús, 2º ESO B

Todo el mundo suele decir que, cuando algo importante está a punto de pasar, te sientes diferente, como si ese algo estuviese suspendido en el aire. Pero yo no notaba nada, tan solo la sorda felicidad que te produce una rutina que te agrada. Como cada domingo, me desperté temprano. Como cada domingo, íbamos a nadar al lago todos los compañeros. Como cada domingo, nos pusimos los bañadores, nadamos, chapoteamos y nos reímos. Pero aquel domingo, algo fue diferente. Notaba el gesto tenso de James, y su mirada seria y dura. Siempre fue arrogante, pero aquello nos pilló a todos por sorpresa. James se puso es pie y a gritos llamó la atención a todos los presentes. Dijo que, ya teníamos quince años, que éramos adultos. Dijo que no podíamos seguir chapoteando en la orilla como críos, que deberíamos avergonzarnos. Teníamos que ir a la parte profunda. Todos nos estremecimos y protestamos a gritos ¿La parte profunda? ¡Menuda locura! Aquello era peligrosísimo, todos lo sabíamos. No obstante, no habían pasado ni diez minutos cuando tomamos nuestras últimas bocanadas de aire antes de sumergirnos en una zona de más de cuarenta metros de profundidad. Era curiosa la forma que tenía James de que todo fuera siempre como él quería sin que te dieras ni cuenta, de hacer que todos le siguieran fuese a donde fuese.

Descendí a las profundas aguas, con la angustia anidando en mi corazón, al lado del temor. Cada pausado movimiento acuático me resultaba fascinante a la par que inquietante. Tras unos veinte segundos  de descenso vertical, percibí un ambarino e intermitente fulgor en las profundidades del lago, allá donde reinaba la oscuridad. Era tan tenue que pensé que lo imaginaba, pero fuertemente real. Seguí descendiendo más y más, hechizada y encandilada por aquel punto de luz que, de repente, se dividió en dos. A penas percibí como, uno a uno, todos mis compañeros, incluido el fanfarrón de James, regresaban a la superficie. Fui tan solo vagamente consciente de que llegaba a un punto en el que el oxígeno que consumía era necesario para el regreso, pero no retrocedí, preso de una extraña insensatez, de un aturdimiento maravillado, cautiva de la curiosidad, y de algo más, una especie de cuerda atada a mi corazón que tiraba hacia abajo, cada vez más abajo. Una fría neblina turbaba m mirada y entorpecía mis movimientos. Falta de oxígeno. Justo en el instante en que notaba que el peso del agua amenazaba con aplastar mi vacio cuerpo, reparé en qué originaba ese brillo: eran ojos. Oí un extraño bramido y, horrorizada, contemplé como el ser de los ojos ambarinos se abalanzaba hacia mí a velocidades impresionantes. No traté de huir, pues estaba bloqueada y sería inútil, aun más tal y como estaba. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento es una garra acercándose a mi rostro.

Me desperté en el hospital, conectada a multitud de aparatos incomprensibles que pitaban y se iluminaban de forma molesta. Todos cuchicheaban y me miraban de reojo, con falsas sonrisas tranquilizadores de vez en cuando y frases conciliadoras desprovistas de todo significado, pero nadie me hablaba realmente, nadie me explicaba.  No fue hasta horas después cuando me dijeron que me encanotraron tendida en la orilla del lago, mojada e inconsciente, pero sin daños graves. Todos parecían coincidir en la extraña teoría de que, medio inconsciente, había subido a la superficie y había vaciado mis pulmones de agua, de forma casi milagrosa. Callé y fingi aceptar sin dudas la explicación, pero, en mi interior, cada ratificación de esa historia solo confirmaba lo que a mis ojos era evidente: me había rescatado una sirena.

Ni se me pasó por la cabeza contárselo a nadie. A la noche siguiente ya estaba en mi casa, con unos padre histéricos y consternados colmándome de amor, capichos y sobreprotección. Ninguno de los presentes aquel día dijimos ni una palabra contra James, compartiendo la culpa a partes iguales. Y es que no era cuestión de estropear más la situación, pues, tan solo unas pocas horas antes de nuestra escaramuza acuática, el hermano pequeño de James, de tan solo siete años, fue visto por última vez en dos días. Nadie tenía la más remota idea de su paradero. Pero, entre aquel revoltijo de preguntas y dudas, yo tenía algo muy claro: debía volver al lago.

CONTINUARÁ …


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La magia de la música

Claudia M, 2º ESO C

Estudiaba música, tocaba algún instrumento, y bueno, la escuchaba. Se pensaba que era una tontería, que la música es un conjunto de palabras con un ritmo pegadizo; nada más. Un día, encendió la radio y empezó a sonar una canción. No lo entendía, no había pasado la emisora como de costumbre. Se había tumbado inconscientemente en su cama y cerró los ojos. Empezó a viajar por su mente, visitando preciosos recuerdos que creyó haber dejado atrás y a imaginar metas que conseguir. Al terminar la canción, descubrió que la música es un viaje a través de un mundo paralelo en tu mente,  en el que tan sólo tienes que disfrutar de él, y perderte en los límites de su magia.

Y sí, la música es magia, y el truco está en sentirla y,  sobre todo, en dejarte llevar en cada una de sus notas.

Notasmusicales (1)